No se metan con el recreo
En la clase reina el caos. Aquí y allá los niños chillan, se ríen, se pelean, se empujan. Uno hace volar un avioncito de papel, otro raya la pared. Una nena le tira el pelo a otra, otro chico está cantando una canción a voz en grito. La escena es desalentadora. La maestra no sabe qué hacer. Prueba aplaudir, pero sus palmas no se escuchan, el ruido es ensordecedor. Nunca supo silbar, así que ni siquiera lo intenta. Finalmente, abatida, se sienta en su escritorio al frente de la clase y en un último esfuerzo desesperado, se incorpora y dice a grito pelado: “¡Si se portan bien salen antes al recreo!”
El sistema penal uruguayo es como una clase de primaria en la que no se puede instaurar el orden. En Uruguay, unas 6.500 personas por año recuperan la libertad tras cumplir su pena en prisión, y de ese número, un 65% reincidirán en el delito. Es que, como en la escuela, no opera el régimen del castigo; la buena conducta se premia saliendo antes al recreo: un día menos en prisión por cada dos días de trabajo. Quizá lo más razonable sería penar a los niños cuando tienen mala conducta, en vez de intentar prevenir sus actitudes negativas con un premio. Después de todo, ¿no tendrían que portarse bien?
Es que en lo único en lo que difiere este sistema con una clase en caos es que en el salón de clase hay aprendizaje. En la cárcel uruguaya, en cambio, no hay rehabilitación. Las condiciones de vida de los presos dentro de las mismas, combinadas con la violencia omnipresente y la corrupción del sistema llevan a que la cárcel sea un caldo de cultivo para la delincuencia.
Tal vez fue eso lo que llevó al asesino serial Pablo Goncálvez a decir al salir de prisión, luego de 23 años, cuatro meses y tres días tras las rejas: “Ya pagué lo que tenía que pagar”, como un niño chico que cumple con su penitencia de forma diligente, que no armó problema, que hizo todo bien.
Y sí que salió antes al recreo. Sobre él pendía una condena de 30 años de cárcel por el asesinato de tres mujeres y la presunta violación de otra, pero pudo irse antes dado a la acumulación de días de estudio y trabajo. Por su buena conducta, redimió seis años, siete meses y 27 días, amparado en la Ley Nº 17.897. Un tercio de su pena se vio reducida simplemente por cumplir con el que debería ser su deber. Salió antes al recreo y, claro, reincidió.
El silencio es total. Todas las cabezas y ojos de la clase se vuelven hacia la maestra como por arte de magia. Dejan de chillar, de reírse, de pelearse, de empujarse. Se arrugan avioncitos de papel y se sueltan marcadores. La niña deja de tirarle el pelo a su compañera y el chico se sienta y queda callado. Allí no vuela una mosca. “¿Tan fácil era?”, piensa la maestra, un poco con satisfacción, un poco con tristeza y culpa. Es que todos quieren salir antes a jugar.

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