El gran pozo


Un gran pozo. Muchas personas, muchísimas, mirándolo. Inclinan sus cabezas para poder atisbar algo de lo que se encuentra abajo, en su fondo. Algunos sacan sus celulares y toman fotos, unos apartan la vista, y otros niegan lentamente y se retiran, cabizbajos, con un poquito menos de esperanza en el mundo. Una figura de gran porte está cavando el pozo con una pala. “Pero ya está demasiado profundo”, protesta uno, y de repente, una figura de negro le tapa la boca y se lo lleva. “Ya basta”, exclama otro, y sufre el mismo destino. Uno a uno, los denunciantes desaparecen. La figura sigue cavando. El pozo es Venezuela, y parece no haber necesidad alguna de aclarar quién es la figura que cava y cava ante la mirada de millones.
En el fondo de ese pozo se encuentran los venezolanos. En los huesos, muertos de hambre, sin acceso a sus viviendas ni posibilidad alguna de mejorar su salud. La imagen es lamentable. Duele. Por eso algunos no quieren mirar, y por eso otros intentan documentarlo todo. En Venezuela no hay respeto por los derechos humanos; hay un desabastecimiento aterrador, en el que hasta los bienes más elementales han desaparecido de las góndolas y la moneda se devalúa a un ritmo sorprendente. Muchos tienen miedo a hablar por riesgo a ser torturados y encarcelados, ya que quienes ofrecen un discurso molesto al régimen terminan al fondo de un calabozo. No hay información, puesto que los medios han sido bloqueados, y tampoco hay elecciones. Por primera vez desde que se realiza el informe Freedom House de libertad en el mundo, Venezuela ha dejado de ser considerado parcialmente libre: ahora es clasificado como No Libre. No hay libertad. A Venezuela le cortaron las alas.
El pueblo ya no tiene la pala en su mano; el que la sostiene ahora es el presidente Nicolás Maduro. Es que lo que está viviendo Venezuela es una dictadura de origen electoral: cuando un gobernante que fue elegido democráticamente comienza a socavar las instituciones democráticas mediante las que fue elegido y pasa a concentrar todos los poderes en sí mismo, deja de ser una democracia. Cuando, además, censura a los medios de comunicación y reprime a la oposición, ya se trata de una dictadura.
La única luz que puede atisbarse al final del pozo son las personas que se levantan día a día y a pesar de estar encadenados, maniatados y amordazados, intentan zafarse de esas cadenas, quitarse la cinta de la boca y gritar, gritar y gritar. Será muy difícil controlar esa rebelión y lograr callar esas voces.
Mientras tanto, Maduro sigue cavando. Lo que no sabe o prefiere no saber, es que no sólo está sepultando a su pueblo, a su país entero, sino que también está sepultando a la izquierda latinoamericana.

No hay comentarios:

Josefina Mösle. Con la tecnología de Blogger.