Dé·jà vu y La ley de la selva
Columnas de opinión sobre el clásico pasado y la resolución del paro de transporte.
Una a favor, la otra en contra.
Dé·jà vu
Cuando miramos una película, siempre estamos acostumbrados a que tenga un final feliz, y cuando no lo tiene, apagamos la tele, molestos, o nos vamos del cine con gusto a poco, con la sensación de que pagamos la entrada al santo botón. “¿Pero cómo que esto terminó mal? ¿No lo pudieron solucionar de otra manera mejor?” Y nos ponemos a buscar soluciones, o formas en las que la película podría haber mejorado su final. Las comentamos entre nosotros y protestamos. En este país, no sólo la película siempre tiene un final horrible, sino que ya nos acostumbramos a ello. Ya bajamos los brazos, no nos quejamos, simplemente abandonamos toda esperanza de un final mejor. No buscamos soluciones, no aportamos más ideas, no construimos un final alternativo. Nos quedamos de brazos cruzados.
Eso es, precisamente, lo que decidió la UNOTT con respecto a sus ómnibus suburbanos: hacer un paro de ocho horas el día del clásico, deteniendo las tareas cuatro horas antes y cuatro horas después del partido entre Nacional y Peñarol del miércoles 5 de abril, que se disputará a las 20.30 horas. Parar. No trabajar. Bajar los brazos, abandonar, y en el proceso, afectar al trabajador.
Pero parar no es sólo bajar los brazos, también es vigorizar al delincuente a que siga delinquiendo: es darle poder, porque, después de todo, la razón del paro es su accionar. El paro no soluciona el problema de la delincuencia en los clásicos, ni plantea alternativas. Quienes lo defienden argumentan que es una forma de protesta, y claro que lo es; no obstante, están equivocados en el destinatario de su denuncia. Lo único que generan al parar su servicio es afectar al trabajador, al estudiante, que nada tiene que ver con el problema en cuestión y que involuntariamente se ve plegado a una causa a la que no pertenece. La protesta debería estar dirigida a quien tiene responsabilidad en el asunto: al gobierno, al Ministerio del Interior, al Ministro, a quienquiera que crean que debe rendir cuentas por la situación actual.
Los ciudadanos no tienen por qué sufrir las consecuencias de una sociedad violenta, ni tienen por qué ver la misma película con el final horrible una y otra vez. La población debe protestar, sí, pero no tirándole pop al espectador de al lado, sino quejándose ante el director de la película.
La ley de la selva
El miércoles que viene, día del partido clásico del fútbol uruguayo entre Nacional y Peñarol, habrá paro de ómnibus suburbanos. Lo decidió hoy la UNOTT: van a parar cuatro horas antes del partido y cuatro horas después del mismo, porque consideran que no están dadas las garantías de seguridad mínimas para trabajar arriba de los ómnibus.
Hace rato ya que los clásicos del fútbol uruguayo no forman parte de la categoría entretenimiento. La ineficiencia de la intervención policial, combinada con el salvajismo de los barrabravas y la inacción del Ministerio del Interior, sus planes vanos y sus cámaras de reconocimiento facial que no saben reconocer, han alejado a la familia del fútbol, especialmente en días de clásico. El que va a ver estos partidos es un insensato, un soñador, o directamente, un delincuente, porque el peligro que corre es digno de uno de esos desquiciados de los programas de Discovery Channel, esos que vemos en la tele, probando veneno de serpiente o huyendo de las zarpas letales de un león, y todo esto ¡de forma voluntaria!
Ya no hay forma de parar a los vándalos camuflados con el nombre de hinchas. Cada partido es un desmadre mayor al anterior, y cada vez copiamos más a nuestros hermanos argentinos: el próximo paso será jugar sólo con público locatario, o directamente no jugar; la prueba está en que los clásicos de verano dejaron de disputarse.
Los trabajadores no deben sufrir las consecuencias de la selva en la que se ha convertido el fútbol uruguayo. Y ya que es una selva, debemos seguir su ley: la ley del más fuerte. Si el Estado no puede protegernos, entonces los trabajadores debemos recurrir a protegernos entre nosotros. No hay otra alternativa.
Una a favor, la otra en contra.
Dé·jà vu
Cuando miramos una película, siempre estamos acostumbrados a que tenga un final feliz, y cuando no lo tiene, apagamos la tele, molestos, o nos vamos del cine con gusto a poco, con la sensación de que pagamos la entrada al santo botón. “¿Pero cómo que esto terminó mal? ¿No lo pudieron solucionar de otra manera mejor?” Y nos ponemos a buscar soluciones, o formas en las que la película podría haber mejorado su final. Las comentamos entre nosotros y protestamos. En este país, no sólo la película siempre tiene un final horrible, sino que ya nos acostumbramos a ello. Ya bajamos los brazos, no nos quejamos, simplemente abandonamos toda esperanza de un final mejor. No buscamos soluciones, no aportamos más ideas, no construimos un final alternativo. Nos quedamos de brazos cruzados.
Eso es, precisamente, lo que decidió la UNOTT con respecto a sus ómnibus suburbanos: hacer un paro de ocho horas el día del clásico, deteniendo las tareas cuatro horas antes y cuatro horas después del partido entre Nacional y Peñarol del miércoles 5 de abril, que se disputará a las 20.30 horas. Parar. No trabajar. Bajar los brazos, abandonar, y en el proceso, afectar al trabajador.
Pero parar no es sólo bajar los brazos, también es vigorizar al delincuente a que siga delinquiendo: es darle poder, porque, después de todo, la razón del paro es su accionar. El paro no soluciona el problema de la delincuencia en los clásicos, ni plantea alternativas. Quienes lo defienden argumentan que es una forma de protesta, y claro que lo es; no obstante, están equivocados en el destinatario de su denuncia. Lo único que generan al parar su servicio es afectar al trabajador, al estudiante, que nada tiene que ver con el problema en cuestión y que involuntariamente se ve plegado a una causa a la que no pertenece. La protesta debería estar dirigida a quien tiene responsabilidad en el asunto: al gobierno, al Ministerio del Interior, al Ministro, a quienquiera que crean que debe rendir cuentas por la situación actual.
Los ciudadanos no tienen por qué sufrir las consecuencias de una sociedad violenta, ni tienen por qué ver la misma película con el final horrible una y otra vez. La población debe protestar, sí, pero no tirándole pop al espectador de al lado, sino quejándose ante el director de la película.
La ley de la selva
El miércoles que viene, día del partido clásico del fútbol uruguayo entre Nacional y Peñarol, habrá paro de ómnibus suburbanos. Lo decidió hoy la UNOTT: van a parar cuatro horas antes del partido y cuatro horas después del mismo, porque consideran que no están dadas las garantías de seguridad mínimas para trabajar arriba de los ómnibus.
Hace rato ya que los clásicos del fútbol uruguayo no forman parte de la categoría entretenimiento. La ineficiencia de la intervención policial, combinada con el salvajismo de los barrabravas y la inacción del Ministerio del Interior, sus planes vanos y sus cámaras de reconocimiento facial que no saben reconocer, han alejado a la familia del fútbol, especialmente en días de clásico. El que va a ver estos partidos es un insensato, un soñador, o directamente, un delincuente, porque el peligro que corre es digno de uno de esos desquiciados de los programas de Discovery Channel, esos que vemos en la tele, probando veneno de serpiente o huyendo de las zarpas letales de un león, y todo esto ¡de forma voluntaria!
Ya no hay forma de parar a los vándalos camuflados con el nombre de hinchas. Cada partido es un desmadre mayor al anterior, y cada vez copiamos más a nuestros hermanos argentinos: el próximo paso será jugar sólo con público locatario, o directamente no jugar; la prueba está en que los clásicos de verano dejaron de disputarse.
Los trabajadores no deben sufrir las consecuencias de la selva en la que se ha convertido el fútbol uruguayo. Y ya que es una selva, debemos seguir su ley: la ley del más fuerte. Si el Estado no puede protegernos, entonces los trabajadores debemos recurrir a protegernos entre nosotros. No hay otra alternativa.

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