¿Será knockout?
Es el último round de la pelea. "Fuera Temer", gritan desde las gradas los manifestantes. "No renunciaré. Repito. No renunciaré”, afirma enfáticamente el presidente desde el otro lado. Unos y otros se vuelven a enfrentar. Pero al único al que están vapuleando en el centro del ring es a Brasil, un país que ya se encontraba dividido, quebrado y herido y que parece no estar en condiciones de soportar esta última fase de la pelea.
Todo volvió a explotar esta semana, cuando salió a la luz en el diario local O’Globo una transcripción de una grabación que probaría que el presidente de Brasil, Michel Temer, autorizó el pago de una coima al ex presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, para que se mantuviera en silencio en la cárcel, donde está preso por corrupción relacionada con la Operación Lava Jato. Cunha es considerado el cerebro detrás del juicio político que terminó con la destitución de la ex presidente Dilma Rousseff. En adición al audio, se revelaron imágenes que involucran a jerarcas del Partido de la Social Democracia Brasileña con grandes sumas de dinero proveniente de sobornos.
El presidente será investigado. Si lo asegurado por el diario termina confirmándose, el gobierno de Temer se encontrará en graves problemas. La oposición se apresuró a pedir un impeachment contra el presidente, quien precisamente llegó al poder como vicepresidente de Rousseff y la sustituyó interinamente mientras el Congreso llevaba a cabo su proceso de destitución por corrupción. Fue confirmado en el cargo en agosto, y luego de estar en el poder por un año, no ha logrado despertar simpatía en el pueblo. Hoy la gente marchó en las calles de San Pablo y Brasilia para pedir la salida del mandatario. Desde que se dio a conocer el escándalo de corrupción, las acciones brasileñas cayeron hasta un 20%. La situación es propicia para que la recesión que el país enfrenta desde 2015, de la que había comenzado a salir en los primeros meses de este año, se vuelva a agravar. Brasil se prende fuego. Mientras tanto, Temer aseguró que no renunciará.
Un año atrás, podíamos ver cómo algunos acusaban al diario O’Globo de manipular y estimular la destitución de Dilma Rousseff, incluso llegando a apodar al medio como “el Partido de la Prensa Golpista”. Esas mismas personas que levantaban sus carteles de repudio al diario y al impeachment, hoy festejan que se haya difundido la corrupción que involucra al presidente. Sin dudas que uno de los boxeadores en el ring brasileño es la hipocresía de aquellos que en ningún momento dejaron de mirar la situación desde su punto de vista ideológico y no desde la objetividad que merece una crisis de tal magnitud.
Y del otro lado del cuadrilátero están los que eligen dar vuelta la cara. Los que tildaban de “golpe de Estado” a la destitución de Dilma, y que hoy ven al impeachment, el supuesto elemento golpista, como instrumento parlamentario legítimo, como recurso constitucional, y gritan desaforadamente por la liberación de un país que, según ellos, fue atrapado y aprisionado entre las manos de un dictador. ¿Aprenderán que el impeachment no es un golpe de Estado, o sencillamente ya no les importa que haya uno porque esta vez se condice más con su ideología?
Tal vez si se quitaran las vendas que tienen en los ojos podrían ver que lo único que se buscó en la destitución de Dilma fue la expulsión de una figura política corrupta, y que con Temer se daría la misma situación. Tal vez si dejaran de pelearse entre ellos en las gradas, podrían notar que, en el ring, el único afectado es Brasil. Nadie lo defiende, nadie para la pelea, todos siguen gritándose, empujándose, insultándose, levantando carteles, acusando a éste de una cosa y al otro de otra. Mientras, él se encuentra en el medio, desfallecido, extenuado, abatido, sin fuerzas. Aún entre las heridas, entre el rojo de la sangre y los múltiples golpes que le han propinado, se pueden distinguir sus colores verde, amarillo y azul. Y allá, aguzando la vista, muy, muy, muy débilmente, se puede entrever la leyenda: “Ordem e progresso”. Hoy, de orden y progreso no tiene nada.
Brasil cae. El réferi comienza a enumerar los diez segundos. Según las reglas del boxeo, si al término de la cuenta el boxeador no se levanta, el combate es terminado en favor del peleador en pie y el vencido se considera noqueado. Uno, dos, tres. Brasil intenta levantar la cabeza. Los de un lado del round dejan de gritar, los otros bajan sus carteles. Cuatro, cinco, seis. Todos aguantamos la respiración, y miramos al centro del ring. Siete, ocho, nueve. ¿Se levantará a tiempo Brasil?

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